
Era un día maravilloso en Constantinopla. Las masas caminaban por las calles, comerciantes, turistas, niños y adultos, todos conviviendo en paz y armonía. El cielo era azul, totalmente claro, permitiendo a los rayos del sol iluminar las anchas calles de la capital del Imperio Bizantino. El Emperador Arcadio, hijo del gran emperador Teodosio I, se asomo por su ventana. Era maravilloso, esa esplendorosa ciudad estaba bajo su poder. Estaba contemplando a la bella Constantinopla cuando entro un soldado a toda prisa.
-Señor, tenemos un problema.
-Y, ¿se puede saber de que trata?
-Un grupo de bárbaros planean atacarnos al anochecer. Se encuentran detrás de las colinas, al norte de la ciudad.
-Ya veo, llame inmediatamente al general.
El soldado salió corriendo y en instantes se encontraban en la misma habitación los más altos mandos del ejército Bizantino junto al Emperador. Ya se sabía que se tenía que hacer, las estrategías de defensa estaban totalmente planeadas en casos como este, sólo faltaba convocar a toda la milicia posible a batalla y advertir a los habitantes de Constantinopla. Todos se retiraron a sus obligaciones y el Emperador Arcadio llamaba a sus sirvientes para que le ayudaran a prepararse para la batalla.
La milicia estaba reunida en las afueras de la ciudad, los hombres llenos de coraje y valentía. Se veían indestructibles, invencibles. Esos bárbaros jamás podrían vencerlos. Y así, mientras el Emperador vestía su elegante armadura y galopaba en su fino corcel hacía la línea de defensa para hablar a su ejército, pensó:
-Que buen ejército y ¡Que gran Imperio!
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